Realismo, ternura y magia en una película chilena que se queda con el espectador

La misteriosa mirada del flamenco es una película que se siente comoentrar a un lugar que existe solo porque alguien decidió mirarlo con amor. Su historia me atrapó desde ese espacio extraño y familiar a la vez, donde todo es profundamente chileno —el texto, los acentos, los modismos, las groserías— pero, al mismo tiempo, parece suspendido en una especie de realismo mágico. Como si la realidad, tan dura y concreta, se permitiera a ratos escaparse hacia la imagen, hacia algo más poético, más emocional, más libre.
La película es la ópera prima de Diego Céspedes y está ambientada en el norte de Chile, a comienzos de los años 80. Fue seleccionada para representar a Chile en los Premios Oscar 2026 y tuvo un paso destacado por el circuito internacional, incluyendo su estreno en el Festival de Cannes. Más allá de premios o selecciones —que siempre ayudan, pero no definen—, lo que queda es la sensación de estar frente a una obra que sabe con claridad qué mundo quiere construir y desde dónde quiere mirarlo.
Uno de los grandes aciertos de la película es cómo aborda el sida. No lo hace desde el discurso ni desde una mirada explicativa, sino desde la experiencia humana. Desde el miedo, el rumor, el estigma y, sobre todo, desde los cuerpos que lo atraviesan. Es una película necesaria porque habla de un tema que sigue doliendo y que muchas veces se ha contado desde la distancia. Acá, en cambio, todo es cercano: los personajes son vulnerables, se enamoran, se desean, se frustran, se enfurecen hasta los golpes. No hay idealización, pero tampoco morbo. Hay humanidad.
El registro es profundamente chileno, y eso no está solo en el contexto, sino en la forma de hablar, de relacionarse y de habitar el mundo. Las travestis que atraviesan esta historia lo hacen desde una realidad concreta, histórica, muchas veces ignorada o desplazada del relato oficial. Sus diálogos, sus gestos, sus silencios y su rabia construyen un retrato honesto, incómodo y necesario. La película no intenta suavizar esa experiencia para hacerla más “amigable”; la observa con respeto, pero sin filtros ni concesiones.
En lo formal, La misteriosa mirada del flamenco combina distintos registros con mucha sensibilidad. Hay secuencias de cámara en mano que se sienten vivas, urgentes, casi respiradas. También planos fijos con zooms muy medidos y planos generales del desierto que dialogan con los interiores cargados de detalles del cabaret. Estos espacios cerrados, llenos de objetos, luces y texturas, dejan a los personajes casi al desnudo, no por exposición física, sino emocional. La forma acompaña al fondo y nunca lo traiciona.

La película también dialoga con distintos géneros y formas de narrar. Hay algo de realismo fantástico en la manera en que el mundo se abre a lo simbólico; algo de western crepuscular en sus paisajes y en esa sensación de final de época; e incluso una cercanía con el slow cinema en su forma pausada y contemplativa de observar a los personajes. Pero lo interesante es que, a pesar de moverse en territorios que suelen ser densos o lentos, la película se cuenta de manera muy ágil. Hay comedia, hay ternura, hay momentos de respiro que permiten que las imágenes se asienten sin volverse pesadas. Esa mezcla es la que termina atrapando: una película que mira con calma, pero que nunca pierde el pulso del relato.
El cierre deja una pena profunda. De esas que duelen tanto que lo único que quieres es cerrar los ojos, dormir y dejar que pase el tiempo. Pero, al mismo tiempo, deja un abrazo cálido. No porque alivie el dolor, sino porque lo acompaña. La sensación de que las emociones, los gestos, las miradas y los cuerpos que vimos no se disuelven con los créditos, sino que se quedan con nosotros. Como si la película entendiera que algunas historias no terminan: simplemente se alojan en el espectador. Y lograr eso es algo muy difícil, y muy valioso.