Leviticus es una de esas películas que entienden que el mejor terror nace de algo real.

Hay películas de terror que buscan asustar al espectador y otras que utilizan el horror para hablar de algo mucho más profundo. Leviticus pertenece a esta segunda categoría. Lo que en apariencia parece una historia sobre una entidad sobrenatural que persigue a dos adolescentes, termina convirtiéndose en una reflexión sobre la identidad, el deseo, la religión y el peso que todavía tiene el juicio social sobre la comunidad LGBTQ+.
La historia sigue a dos jóvenes que comienzan a descubrirse mutuamente en una etapa de sus vidas donde las emociones, las dudas y el deseo se sienten más intensos que nunca. Sin embargo, aquello que debería ser un proceso natural se transforma en una pesadilla cuando una presencia sobrenatural comienza a acecharlos. Lo interesante es que el verdadero terror de la película no proviene únicamente de esta entidad, sino de todo aquello que representa.

La metáfora es bastante evidente. Leviticus toma el concepto de “salir del clóset”, una experiencia que para muchas personas sigue siendo compleja y dolorosa incluso en la actualidad, y la convierte en horror puro. La película muestra cómo el miedo al rechazo, la presión religiosa y los prejuicios sociales pueden sentirse tan amenazantes como cualquier monstruo imaginable. Aunque su simbolismo rara vez es sutil, resulta efectivo porque conecta con emociones reales y universales.
Uno de los grandes aciertos del filme son las actuaciones de Joe Bird y Stacy Clausen. Ambos entregan interpretaciones sorprendentemente naturales, logrando transmitir tanto la ternura de una historia romántica como el terror de una situación que parece no tener escapatoria. Su química funciona de manera impecable y permite que el espectador empatice rápidamente con ellos. Cuando sienten miedo, ese miedo atraviesa la pantalla.

Y sí, Leviticus funciona como película de terror. Hay secuencias genuinamente tensas que demuestran una comprensión muy clara de cómo construir suspenso. Escenas como las del autobús, la máquina de fotografías o la gasolinera poseen una fuerza visual y narrativa que podrían terminar siendo recordadas por los fanáticos del género durante mucho tiempo.
La película también deja algunas pistas relacionadas con elementos de ocultismo y la naturaleza de su amenaza que nunca terminan de desarrollarse por completo. Sin embargo, más que una debilidad grave, se siente como una oportunidad desaprovechada dentro de una historia que claramente está más interesada en sus personajes y sus emociones que en explicar cada detalle de su mitología.

Por momentos recuerda a It Follows. No solo por la presencia constante de una entidad que persigue a sus víctimas, sino porque ambas utilizan el terror para explorar temas relacionados con la sexualidad, el deseo y las consecuencias que la sociedad suele asociar a ellos. Sin embargo, Leviticus encuentra una voz propia al centrar su mirada en la experiencia queer y en las heridas que todavía generan la intolerancia y la discriminación.
Más allá de sus sustos y de su atmósfera inquietante, Leviticus es una película sobre la libertad de ser quien uno es. Una obra que recuerda que, incluso hoy, muchas personas siguen enfrentándose al miedo de ser juzgadas simplemente por amar. Y quizás por eso su horror resulta tan efectivo: porque nace de algo que sigue siendo dolorosamente real.